1543356994-98691591150428075520ecuador624.jpg

Hay un 98% de posibilidades de que los próximos cinco años sean un horno. Todo gracias a El Niño

Ya es oficial: El Niño ya está aquí. No solo eso. Las previsiones de la NOAA son claras: hay un 56% de posibilidades de que se vuelva «fuerte» antes de que llegue el invierno. Y eso solo significa una cosa: problemas.

¿Qué es exactamente ‘El Niño’? Lo que conocemos como El Niño-Oscilación Meridional  (o ENSO, por sus siglas en inglés) es un fenómeno climático cíclico (aunque algo irregular) que tiene grandes efectos sobre el clima mundial.

Es el mejor ejemplo de que la temperatura de los océanos y la circulación atmosférica tienen una relación muy estrecha. Durante la fase cálida (durante El Niño propiamente dicho), la falta de vientos alíseos que refresquen la superficie hace que la temperatura de las aguas del Pacífico se dispare. Eso espolea los termómetros de todo el planeta.

No es una forma de hablar. «Hay un 98 % de probabilidades de que al menos uno de los próximos cinco años, así como el lustro en su conjunto, sean los más cálidos jamás registrados», son palabras de Organización Meteorológica Mundial. No es una predicción muy arriesgada teniendo en cuenta que llevamos haciendo temperaturas récords desde hace años, pero eso no la hace más tranquilizadora.

Como explican desde AEMET, «El Niño, a través de diferentes teleconexiones atmosféricas, da lugar a condiciones más secas de lo normal en determinadas partes del mundo; mientras que en otras provoca más precipitaciones. Unos países tienen que lidiar con sequías importantes y otros, con lluvias torrenciales». Esos son los problemas.

«El mundo no está preparado». Hace unas semanas, Bill Mcguire defendía precisamente esto. Basta mirar a los datos para ver que no le falta razón. 2022 ha sido un año extremadamente caluroso en todo el planeta y lo ha sido pese a que La Niña lleva tres años conteniendo las temperaturas de todo el planeta. Un 2023 o un 2024 sin ella puede situarnos en escenarios térmicos nunca vistos.

Ya lo estamos viendo en el Atlántico norte, por ejemplo, con consecuencias realmente imprevistas. Y no es solo una cuestión de récords de temperaturas, es lo que estos procesos traen consigo: como explicábamos hace unos meses, en buena parte del mundo, esas altas temperaturas se traducirán en sequías aún más pronunciadas (el suroeste de EEUU vive la sequía más grande en 1200 años, por ejemplo), en reducción de cosechas y en problemas energéticos (por no salirnos de EEUU, la presa Hoover ya ha reducido a la mitad su producción de energía por la falta de agua).

¿Y en España? Va a parecer una obviedad, pero España está muy lejos del Pacífico ecuatorial.  Eso significa que los efectos reales de El Niño son mucho menos evidentes que en otras partes del mundo. No obstante, hay algo que aparece de forma recurrente al analizar episodios anteriores: una cierta correlación con otoños lluviosos.

La explicación es que, a diferencia de La Niña,  el Niño pone a nuestra región geográfica bajo la influencia de una circulación subtropical más intensa de lo normal. Esto (sobre todo, cuando la NAO es negativa) produce condiciones favorables para que las borrascas atlánticas lleguen hasta la Península. En Canarias el efecto no está tan claro.

Antes del otoño. No obstante, es importante tener claro que eso no significa nada. Aunque con El Niño los otoños sean más lluviosos, no podemos asegurar que eso vaya a ocurrir este año y la incertidumbre nos deja en una situación muy complicada.

España lleva semanas con anomalías positivas de precipitaciones y eso, aunque es una buenísima noticia en el largo plazo, a corto empieza a ser un problema. Como defendía Roberto Granda, «tanta lluvia a destiempo es perjudicial para muchos cultivos» y «de hecho, ya hemos perdido cosechas (véase cereza)». Pero eso es solo el aperitivo, si la anomalía siguiera mucho más tiempo las plagas de hongos se llevarían muchas más cosechas por el camino.

Print Friendly, PDF & Email